Siempre que la miro exclamo: ¡Pobre de ella! Qué ilusa, qué inocente, qué ingenua. El modo en que cayó en tu tela de araña no fue tan distinto como la caída de las otras. Oh, sí, las otras. ¿Acaso recuerdas el número? ¿Diez, veinte, quizás treinta? Cuantas más mejor, cuanta más atención recibieras más vivo te sentirías. Y es que por eso necesitabas a tantas, para sentirte querido, para sentirte importante. No recibiste el cuidado que deseabas que tus padres te dieran y por eso acabaste así. Mintiendo. Mintiendo. Y mintiendo. Las palabras bonitas que salían de tu boca eran solo patrañas ensayadas. Ellas deseaban oírlo, incluso cuando se daban cuenta de que era un puro engaño. Necesidad, obligación, deseo. Y cuanto ellas se alejaban de ti, cansadas de tus calumnias, no te resignabas, ¡luchabas! Nunca con fuerza, pero sí con palabras. Amenazabas, subías la voz y bajabas su autoestima con un chasquido de dedos. Luego, con un leve susurro, rogabas perdón, pero siempre culpándolas a ellas. ¡Si no se les hubiera pasado por la cabeza alejarse de ti esto no habría pasado! Si es que ellas eran un puro desastre. Querían pasar el tiempo con sus amigos, ¿para qué estando tú? Tú, su vida, su amor, su pareja. Y luego hablaban de su familia, esa que tú nunca habías tenido. La envidia te reconcomía, te destrozaba, no querías tanta alegría para ellas. No se la merecían. Lejos, ellas tenían que estar lejos de sus familiares. Al intentar separarlas de su entorno, al conocer tu verdadero yo, ellas te cogían asco, aversión, repulsión… Odio. Abrían los ojos y te veían como eras, un monstruo que deseaba destrozarlas, las deseabas para ti mismo. Pero es que ellas, hasta aborreciéndote te ansiaban, te amaban, te suspiraban, te anhelaban. Tú, con tu sonrisa torcida las traías locas a todas, las envolvías con tu dulce mirada, sensuales caricias y pasional sexo. Pero todo tiene un límite y ellas resultaron no ser tan manejables como pensabas. Se rebelaron. Y tú las volviste a amenazar, las gritabas y volvías a bajar su autoestima a gruñidos. Tus palabras eran puñales en sus almas. Heridas que sangraban, que derramaban lágrimas de ansiedad, dolor y pánico. Alguien tan importante para sus vidas no podía desaparecer de la noche a la mañana. Las llamabas, las buscabas, las acorralabas. Intentaban mantener el tono firme al hablarte pero eras su debilidad, y te aprovechabas de ello. ¡Cómo te gustaba! Un puro juego que estaba acabando con las ganas de vivir de algunas. Otras, sin embargo, más fuertes, solo deseaban vivir por el hecho de odiarte cada segundo de su vida. Que pésimo el hecho de que tuvieran que seguir pensando en ti. Tú. Asqueroso. Mentiroso. Detestable. No te mereces, ni te merecerás jamás un solo recuerdo de ellas. Desaparece de sus vidas, para siempre. Destrózate a ti mismo e ignóralas. Déjalas ser felices. Déjalas olvidarte. Déjalas vivir.
miércoles, 31 de agosto de 2011
lunes, 29 de agosto de 2011
Lamb. (Christopher Moore)
Joshua estaba contando el dinero que quedaba en el monedero de cuero.
-Está todo lo que trajimos.
-Bien.
-No, no está bien. Llevamos aquí seis años, Colleja. Este dinero debería haberse duplicado o triplicado en todo este tiempo.
-¿Cómo? ¿Por arte de magia?
-No, deberíamos haberlo invertido. -Se giró y clavó la vista en el portón-. Qué tontos sois, cabrones. Tal vez debierais dedicar menos tiempo a estudiar el modo de sacudiros unos a los otros y más a administrar vuestro dinero.
-¿Amor espontáneo? -apunté yo.
-Sí. Gaspar tampoco lo alcanzará nunca. Por eso han matado al yeti, eso lo sabes, ¿no?
-¿Quién?
-La gente de la montaña. Han matado al yeti porque no podían soportar que existiera una criatura que no fuera tan mala como ellos.
-¿La gente de la montaña era mala?
-Todos los hombres son malos, de eso era de lo que le hablaba a mi padre.
-¿Y qué te dijo él?
-"Que se jodan."
-¿De veras?
-Sí.
-Al menos te respondió.
-Tengo la sensación de que ahora cree que ese es mi problema.
-Me pregunto por qué no lo grabaría a fuego en una de las tablas: "Mira, Moisés, aquí están los diez mandamientos, y ahí te mando uno más que dice así: Que se jodan".
-Él no pone esa voz.
-Para casos de emergencia - añadí, prosiguiendo con mi perfecta imitación de la voz divina.
Té de frambuesa y batido de stracciatella.
Una buena tarde en la tetería con la señorita Maria y la señorita Sandra.
domingo, 28 de agosto de 2011
Superficialidad.
-¿Te gusta?
-Si me conoces, sabrás que no es mi tipo.
-Si me conoces, sabrás que no es mi tipo.
-Eso es cierto, la chica para ti no es lo suficiente alta. No le gusta mucho la moda por lo que ella me ha contado, así que no compartís algunas aficiones. Prefieres las rubias y las morenas, y ella, sin embargo, tiene el pelo cobrizo. Aunque bueno, es divertida, mona, un poco loca, risueña, simpática... Tiene todo lo que buscas en una personalidad de una mujer. Si fueras menos superficial posiblemente te gustaría, pero no es el caso.
-¿Me estás llamando tú superficial? ¿Alguien que solo busca líos de una noche?
- No es lo mismo, ni se acerca. Yo no busco pareja, sino a alguien con quien pasar la noche. Tú, por el contrario, buscas una persona con quien pasar todo lo que dure vuestro amor. La belleza no está ahí para siempre y la altura no te indicar que una persona sea mejor o peor, eso se sabe por la personalidad.
-¿Intentas vendérmela?
-Intento que te des cuenta de que, desde el primer momento te llamó la atención, e incluso soñaste con ella, y que ahora que la conoces mejor, te has dado cuenta de cómo es y no te disgusta lo más mínimo... Simplemente lo niegas por tu superficialidad y porque tienes miedo.
-¿Miedo?
- Sí, a lo que pueda pasar.
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